Red hawk: El imparable #1

Red Hawk: El Imparable #1

​Capítulo 1: Sombras del Pasado

​El atardecer en Ciudad Highstones siempre había sido algo relajante para Ethan. Era difícil de explicar; simplemente una sensación de paz. O, al menos, eso era hace tiempo. Hoy, solo era un recordatorio de lo que había perdido. A los diez años, su única preocupación era que su pelota no rodara hasta la alcantarilla, no llegar tarde a la escuela o no dormirse en clase.

​—Mi nombre... es Ethan McGregor —solía repetirse en su mente, como un mantra sobre su identidad—. Crecí en un barrio tranquilo... o al menos lo era gracias a mi hermano mayor, Steban.
​El mundo entero conocía a Red Hawk. Para ellos, era el símbolo de orden que mantenía a raya el caos: el héroe intocable, imbatible, imparable. Para Ethan, era ese hermano mayor que lo ayudaba con las tareas, con el que jugaba videojuegos el fin de semana o el que lo recogía de la escuela cuando su madre no podía por el trabajo. Era con quien reía viendo películas tan malas que eran buenas; con quien discutía, pero que siempre estaba ahí con una sonrisa y un sermón sobre la responsabilidad.
​A Ethan siempre le parecían discursos cursis, salidos de esos cómics viejos de superhéroes, pero ahora... daría lo que fuera por oír uno.
​Recordaba observar en los noticieros cómo su hermano detenía robos a bancos, salvaba gente de incendios o ayudaba a una niña a buscar a su perro perdido. Red Hawk no era el único luchando; la Asociación Anti-Crímenes (AACS) ya desmantelaba bandas armadas desde mucho antes, aunque solo se centraban en lo que consideraban "amenazas reales". Ellos y Red Hawk habían trabajado juntos muchas veces, al menos eso decían las noticias, aunque cuando Ethan preguntaba, Steban admitía que era una relación complicada.

​Para la AACS, Red Hawk era algo nuevo, algo diferente. Al menos así intentaba Steban explicárselo a su hermano cuando este mostraba curiosidad.

​En casa, el secreto era el núcleo de la familia. Su madre solía abrazar a Steban con una fuerza inusitada cada vez que él se iba, como quien ve a su hijo marchar a la guerra.

​—Mamá y yo éramos los únicos que sabíamos quién era realmente —rememoraba Ethan—. Todo estaba bien... hasta el día en que ocurrió "La Caída del Halcón".

​Red Hawk había llegado a un almacén persiguiendo a un grupo que traficaba armamento experimental. Nadie sabe qué pasó exactamente hasta que ocurrió la explosión. 

Nadie salió de allí. La AACS investigó los restos y no encontró nada, salvo la máscara de Red Hawk, chamuscada en el suelo. Fue la única prueba tangible de que estuvo ahí.

​Una ciudad entera entró en luto por perder a un héroe. En una casa, una madre rompió en llanto por perder a un hijo y un niño quedó en shock por perder a su hermano. Ese día, una sombra cubrió cualquier atisbo de esperanza.

​Capítulo 2: Círculo de Confianza

​Los años pasaron, pero el vacío dejado por Red Hawk seguía siendo el tema de conversación obligatorio. Las escuelas no eran la excepción; todo lo contrario.
​Ethan, ahora con 15 años, estaba como cualquier día en el Instituto Highstone. Tenía la mirada perdida en la ventana, mirando a la nada por aburrimiento o quizás por falta de sueño. De repente, alguien dejó caer un periódico escolar sobre su mesa de madera, sacándolo de su nube de pensamientos.
​—¡Argh! ¿Pero qué...? —preguntó Ethan, casi cayéndose del asiento.

​—¿Vieron mi artículo? —preguntó una chica de cabello castaño hasta los hombros, rebosante de orgullo—. 

La tasa de crímenes ha subido un 30% desde que Red Hawk se esfumó. A este paso, tendré que salir a la calle con un bate con clavos.

​—Eh... eso fue un poco específico, ¿no? —dijo Ethan con una gota de sudor en la sien.

​Por suerte para él, no estaba solo. A su lado estaba Cassandra West, la aspirante a periodista entusiasta, aunque sin mucho concepto del "espacio personal". Junto a ella, Emily Hughes, de cabello negro largo y expresión calmada, le dio una palmada reconfortante en la espalda.

​—Es un gran trabajo, Cass. Aunque cuestionaría tu emoción hablando de crímenes. Al menos alguien aquí tiene que decir las cosas como son: esta ciudad apesta.

​—Se llama pasión, Em. Algo que deberías agregar a tu vida. Tienes ese ceño fruncido las 24 horas y no es sano —replicó Cass, mientras Emily rodaba los ojos.

​Emily era el opuesto de Cassandra; para Ethan, era como ver el yin y el yang en forma de adolescentes. Aun así, habían sido sus amigas más cercanas por años. Emily, siempre observadora, notó que Ethan estaba ausente antes de que llegara Cass.

​—Ethan… ¿estabas en la luna otra vez? —preguntó con tono sarcástico, sin saber lo mucho que le afectaba el tema.
​—No... no es nada importante —murmuró él, forzando una sonrisa—. Solo pensaba que tal vez… tal vez él regrese.
​Emily suspiró.

​—Han pasado años, Ethan. Sé que querías a tu hermano, pero tienes que aceptarlo: él ya no está. Mucha gente se perdió tras lo de Red Hawk y aún hay letreros de desaparecidos por todas partes.
​Ethan respiró hondo mientras se acomodaba en su asiento.

​—También me refería a... Red Hawk —dijo con un poco de verdad en su mentira. Debía guardar el secreto a toda costa—. Es que no creo que él simplemente haya...
​—Es lo mismo, Ethan. 

Ya todos lo vimos en las noticias —interrumpió Emily.

​—Si tú lo dices... —respondió un Ethan desanimado, bajando la cabeza.

​"Hermano… por favor, dame una señal", pensó, sintiendo que el nudo en su garganta se apretaba. 

Cassandra, notando la aflicción de su amigo, cambió su expresión y se sentó a su lado, poniendo una mano en su hombro.
—Bueno, Red Hawk era un tipo duro. ¿Quién sabe? —dijo con una sonrisa tranquilizadora. Eran solo palabras, pero a veces bastaban.

​Ethan la miró y una pequeña sonrisa asomó en su rostro. Incluso Emily no pudo evitar soltar una propia.

​Capítulo 3: Confidentes y Sombras

​La campana de salida marcó el fin de otro día escolar. Ethan caminaba por los pasillos inundados de estudiantes.

​—Nos vemos, Ethan —se despidió enérgicamente Cass, mientras Emily solo hacía un gesto con la mano.

​Tras despedirse, Ethan divisó a Molly Park. Se conocían desde hacía tiempo y siempre había existido una simpatía natural entre ellos. Ella siempre había sido alegre y optimista, pero hoy parecía una sombra de sí misma. Estaba apoyada contra los casilleros, frotándose las manos nerviosamente. No era normal; ella no se asustaba fácilmente.

​—¡Eh, Molly! —se acercó Ethan—. ¿Está todo bien? Te ves como si no hubieras dormido en una semana.

​Molly forzó una sonrisa que no llegó a sus ojos.
​—Hola, Ethan. No es nada, de verdad. Solo estrés por los exámenes.

​Ethan se detuvo frente a ella, bloqueando suavemente su camino. Sabía que mentía.
​—Molly, nos conocemos desde hace años. Sé cuando algo te ronda la cabeza. No quiero ser entrometido, pero puedes contármelo si eso te ayuda a desahogarte.
​Ella miró a ambos lados del pasillo, el miedo bailando en sus pupilas. Tras tragar saliva, susurró:

​—Es mi padre, Ethan… Se metió en problemas con gente... gente peligrosa.
​Ethan contuvo un jadeo. Una mirada tensa cruzó su rostro mientras intentaba recuperar la compostura.
​—¿Cómo lo sabes? —preguntó bajando la voz.

​—Fue anoche. Bajé a beber agua y lo escuché hablando por teléfono. No sé quién era, pero papá estaba nervioso. Pedía tiempo para pagar una cantidad de dinero... demasiado dinero —la voz de Molly se quebraba—. Y también... rogaba que no me hicieran daño a mí ni a mi hermano.

​Ethan sintió rabia e impotencia. La ciudad se estaba convirtiendo en un patio de recreo para lo peor de la sociedad. Dio un suspiro y le dedicó a Molly una sonrisa tensa.

​—Molly, somos amigos. Puedes confiar en mí. Te prometo que no le diré a nadie.
​Molly asintió levemente, buscando consuelo.

​—Gracias, Ethan… pero tengo miedo. Siento que nos observan.
​—Todo irá bien —prometió Ethan—. Siempre hay alguien dispuesto a ayudar.
​—¿Cómo lo sabes? —preguntó Molly, incrédula ante su seguridad.
​—Solo es un presentimiento —respondió él con una sonrisa algo torpe.

​Capítulo 4: Quemando la Inocencia

​La tarde caía mientras ambos caminaban por la acera. Molly vivía a pocas cuadras del instituto.

​—Ethan, no es necesario que me acompañes —dijo ella, sintiendo que se aprovechaba de él—. Ya me ayudaste demasiado.

​—Insisto. Mi mamá entenderá cuando le cuente que te acompañé.

​Caminaron por una zona de callejones silenciosos, señal de que estaban cerca. Al pasar junto a un tipo alto con chaqueta que miraba su teléfono, Ethan notó algo extraño. El sujeto guardó el móvil y empezó a caminar en su misma dirección. Molly también lo notó.

​—¿Ethan? —murmuró ella, tensa.
​—Está bien, casi llegamos...

​Aceleraron el paso. Ethan vio que el sujeto se quedaba atrás y soltó un suspiro de alivio. Quizás solo era una coincidencia. Pero sus pensamientos se cortaron cuando otro hombre apareció frente a ellos, cortándoles el paso.

​—¿Van a algún lado, chicos? —preguntó el tipo con sorna.
​Intentaron retroceder, pero el primer hombre ya les cerraba la salida. Fueron empujados hacia un callejón oscuro. Ethan se puso delante de Molly, dispuesto a defenderla aunque sus manos temblaran de puro nerviosismo.

​—Escuchen... no queremos problemas... no llevamos nada de valor —dijo Ethan, tratando de mantener la firmeza.

​—Bueno, bueno... parece que ya nos conocemos, señorita Park —una voz distorsionada interrumpió la escena.
​En una escalera de incendios, una figura observaba desde las alturas. Vestía una armadura ligera con dos turbinas en la espalda que zumbaban como alas de insecto. Su máscara parecía una de gas, pero con lentes rojos brillantes que recordaban a los ojos de una mosca.
​—Me alegra conocerte en persona, Molly. ¿Puedo llamarte así? No me gustan las formalidades —dijo el tipo mientras descendía flotando.

​—¿Quién eres tú? —preguntó Molly, temblorosa.
​—¡No te acerques! —exclamó Ethan.
​—Puedes llamarme Flyman. Y si no es molestia, niño, esta es una charla de negocios.

​Uno de los matones sujetó a Ethan con fuerza, levantándolo casi del suelo. Flyman acorraló a Molly contra la pared.

​—Mira, Molly, mi jefe es alguien muy paciente... pero no le gusta que abusen de su paciencia. A tu padre se le dio más tiempo que a otros.

​—Por favor... —rogó ella al borde de las lágrimas.
​Flyman le dio unas palmadas "amistosas" en el hombro.
​—Tranquila. Solo vine a decirte que tienen hasta mañana para que tu padre entregue el dinero. ¿Ok?
​—¡Ya déjala! —gritó Ethan, forcejeando.
​Flyman se giró hacia él con una sonrisa oculta tras la máscara.
​—Vaya, tienes agallas, muchacho. Me diviertes. Suéltalo.

​El matón soltó a Ethan, quien cayó al suelo.
​—A ver, niño, ¿quieres ayudarla? Ven y golpéame —desafió Flyman señalando su pecho—. Si lo logras, los dejamos en paz.
​Ethan, impulsado por la adrenalina, cerró los puños.

​—¿Necesitas motivación? —Flyman levantó su muñeca y disparó un pequeño cañón láser. El rayo rozó la mejilla de Molly, dejando una estela de calor.
​—¡¡MOLLY!!

​Ethan no pudo más. Corrió hacia Flyman con el puño en alto, pero el villano detuvo el golpe con una sola mano y, con un movimiento rápido, le hundió la rodilla en el estómago. Ethan se desplomó, sin aire.
​—¡Ethan! —Molly intentó ir hacia él, pero fue retenida.

​Flyman miró al chico con aburrimiento y les hizo un gesto a sus hombres para que se retiraran.

​—Recuerda, Molly: mañana.
​—¿Qué hacemos con el chico? —preguntó un matón.
​—Déjalo. Así sabrá que debe cerrar la boca. Además... —Flyman se elevó mientras los demás se marchaban— es solo un mocoso. ¿Qué podría hacer?

​Capítulo 5: La Marca del Miedo
Cuando el silencio regresó, Molly ayudó a Ethan a incorporarse. Ella temblaba violentamente.

​—Dios mío... ¿Estás bien? —preguntó revisándolo con rapidez.
​—Sí… lo estoy —respondió él, intentando recuperar el aliento.
​Fue entonces cuando lo vio: en la mejilla de Molly había un surco negro y chamuscado. El láser había pasado a milímetros de su piel. Esa marca era el recordatorio de que su amiga casi muere frente a él.

​—Ethan… lo siento por todo. De verdad —dijo ella, dándole un abrazo fugaz—. Mejor me voy a casa. Tú también regresa... no preocupes a tu mamá. Cuídate.
​Molly se fue corriendo.

 Ethan la vio perderse en la penumbra. Mientras caminaba hacia su hogar, la ciudad le pareció más hostil que nunca. Vio a un ladrón huyendo tras robar una tienda; la dueña gritaba pidiendo ayuda, pero nadie hacía nada. 

El miedo se lo había tragado todo.
​Ethan apretó los puños. El rodillazo, la burla de Flyman, la quemadura en el rostro de Molly...
​Al llegar, tuvo que ocultar el dolor físico frente a su madre. 

No quería quitarle la poca paz mental que le quedaba; ella ya había sufrido demasiado con lo de Steban. Se echó en la cama, apartando al suelo una vieja máscara de hockey de un Halloween pasado. Miró al techo mientras las palabras de Flyman se repetían en su cabeza: ¿Qué podría hacer?

​—Todo ha empeorado desde que mi hermano ya no está… —susurró. La frustración se transformó en resolución—. Alguien tiene que ser el primero en golpear de vuelta.
​Quizá, después de todo, sí había algo que podía hacer.
Capítulo 6: Heredando el Legado

​Cuando tenía ocho años, Ethan le preguntaba a Steban cómo había obtenido sus poderes con la curiosidad propia de cualquier niño. Steban le narró que, durante una excursión universitaria, se topó con una flor extraña: un Aguijón Rojo.
​En las clases de historia se decía que era la flora más poderosa del mundo, pero también la más escasa.

Según las gráficas, solo existía un 10.1% de probabilidad de encontrar una en todo el planeta. Steban le contó cómo, al tocarla por casualidad, la planta redirigió toda su energía hacia su cuerpo. Poco tiempo después, comenzó a manifestar las habilidades que lo convertirían en Red Hawk.
​En el presente, Ethan recordaba aquel relato con una claridad dolorosa. En teoría, si encontraba un Aguijón Rojo, podría heredar el legado de su hermano. Pero era más fácil decirlo que hacerlo.

​De repente, una luz a unos kilómetros de su casa captó su atención. Movido por la curiosidad, consultó su teléfono. Una notificación de noticias locales informaba que la AACS había levantado un puesto de avanzada y estaba construyendo un domo de alta seguridad. 
Los agentes se habían negado a dar declaraciones, exigiendo a los reporteros que se retiraran. Ethan pausó el video e hizo zoom. Podría jurar que lo que vio en el centro de la construcción era un Aguijón Rojo.

​No sabía si era suerte, destino o una enorme coincidencia, pero tenía una oportunidad. Sin pensarlo, tomó una sudadera con capucha, recogió la máscara de hockey del suelo y salió en silencio. Su madre, agotada por el trabajo, tenía el sueño pesado; no se despertaría fácilmente.
​Infiltrarse en el domo fue un acto de desesperación guiado por los relatos de Steban. Ethan se movió como un fantasma entre las patrullas.

El domo estaba a medio construir, lo que indicaba que el hallazgo era reciente.

 Si esperaba un día más, la vigilancia sería impenetrable.
​Caminó entre cajas y suministros, tratando de calmar los latidos de su corazón. Un paso en falso y todo sería en vano. 

No temía que los agentes le hicieran daño —al fin y al cabo, eran los "buenos"—, pero lo expulsarían y no podía permitirse ese lujo. No después de lo de Molly y Flyman.
​Tomó una piedra pequeña y esperó.

Cuando el guardia se giró, Ethan la arrojó. El sonido del impacto distrajo al agente, quien alzó su rifle de aspecto avanzado y caminó hacia la fuente del ruido. Ethan aprovechó el hueco, pasó por una cortina plástica de seguridad y entró.

​El interior parecía un invernadero futurista. En el centro, bajo una cúpula de cristal blindado, descansaba el Aguijón Rojo. La planta carmesí latía con una luz rítmica, como un corazón de energía pura. Ethan retiró el cristal con cautela.

​—Steban dijo que esto le dio su poder... —susurró—. Pero también decían que otros murieron al tocarla.

​¿Podía repetirse un milagro? Ethan respiró hondo y extendió la mano.

​Primero sintió un chispazo y, luego, un estallido de energía roja que lo lanzó al suelo. Sintió que su sangre se convertía en lava. 

Sus músculos se tensaron hasta el punto de la ruptura para luego reestructurarse. Con un grito sordo, liberó una onda expansiva que causó un cortocircuito en las luces.
​—¡Oye tú, quieto! —gritó un guardia en la entrada.

​Por instinto, Ethan corrió. Un impulso sobrehumano lo hizo atravesar la pared como una bala, dejando al guardia incrédulo. Corrió hacia la noche, herido y confundido, sintiendo un poder eléctrico recorriendo sus venas.
​En el domo, los agentes examinaron el desastre. El Aguijón estaba pálido, marchito.
—¡Ese sujeto absorbió la energía! —exclamó el guardia—. ¡Hay que informar a KC ahora! Tenemos una segunda anomalía.

​Capítulo 7: Confrontación
—Ethan, Ethan.
​Abrió los ojos de golpe ante la voz de su madre. Se vio en el suelo de su cuarto y se levantó de un salto.

—Sé que no hay clases, pero no es excusa para dormir tanto —dijo ella tras la puerta.
​Ethan vio su sudadera y la máscara en el suelo.

—¡No entres, mamá! Me estoy cambiando —gritó nervioso.
—Está bien. Me voy al trabajo, tu almuerzo está en la cocina. Cuídate.

​Cuando ella se fue, Ethan se miró al espejo. Su cuerpo, antes delgado, ahora tenía una definición muscular notable.
—Vaya... el Aguijón tiene sus ventajas —pensó. Se puso una camiseta holgada para ocultar el cambio y salió de casa. Tenía que ver a Molly.

​En la casa de los Park, la tensión se podía cortar con un cuchillo. Brian Park escaneaba la calle desde la ventana.
—Dime por qué, papá —exigió Molly—. ¿Por qué te involucraste con esa gente?
​—No quería que te enteraras... —susurró Brian.

—¡Basta! Escuché tu llamada. Me acorralaron en un callejón, lastimaron a Ethan y casi muero.
​Brian intentó consolarla, pero ella se apartó. En ese momento, el teléfono de su padre sonó. Brian contestó por puro instinto.
—Hola, Brian... —la voz de Flyman salió del altavoz—. El jefe perdió la paciencia.

​Brian intentó defenderse, pero Flyman se burló de su situación financiera antes de que Brian colgara, furioso.

—Papá... ¿qué has hecho? —preguntó Molly, decepcionada.
—Perdóname, hija. Tenemos que irnos ya.

​Brian tomó la mano de Molly y abrió la puerta principal, pero se quedó paralizado. Flyman estaba allí, de pie, con el teléfono en la mano.
—Brian, ¿sabes que es grosero colgar así?

​Capítulo 8: El Nacimiento de un Héroe

​Los matones entraron a la fuerza, arrojando a Brian al suelo y sujetando a Molly.

—Terminemos con esto —ordenó Flyman con frialdad—. Considérelo un cobro por intereses.

​Flyman preparó los cañones de sus muñecas, apuntando alternativamente a padre e hija como en un juego de azar retorcido. Cerraron los ojos, esperando el fin.
​Entonces, un zumbido eléctrico rompió el aire. Una figura encapuchada entró rompiendo la ventana.

 Un golpe seco mandó a Flyman a estrellarse contra la pared, atravesándola.

 Ethan atrapó a uno de los matones y lo arrojó contra el otro con una fuerza increíble.

​—No voy a lastimarlos —dijo Ethan con voz distorsionada—, pero deben irse ahora.

—¿Quién eres? —preguntó Molly, viendo los rayos rojos que emanaban del desconocido.

—Considérame... un amigo.
​De pronto, Flyman cargó como un cohete, embistiendo a Ethan y sacándolo de la casa hacia el asfalto.

—¿Quieres jugar al héroe? —rugió Flyman—. Elegiste un mal día.
​Ethan se puso en posición de lucha.

—No voy a permitir que lastimes a nadie más.
​El combate fue feroz. Flyman disparó ráfagas láser que desgarraron la ropa de Ethan, pero el chico ya no era el mismo. Usando su nueva fuerza, lanzó un contenedor de basura para desorientar al villano y saltó sobre él, envolviéndose en energía roja.

​Ambos se estrellaron contra la fachada de la casa.
—¡Váyanse ahora! —gritó Ethan a los Park.

Tras un intercambio de golpes brutal, Ethan cargó toda su energía en un solo puño y golpeó el pecho de Flyman, para luego, de un movimiento preciso, destrozar una de sus turbinas. El villano, fuera de control, salió volando de forma errática hasta desaparecer en el horizonte.
​Ethan se quedó solo, con la ropa chamuscada y la respiración agitada.

A lo lejos, vio a Molly y a su padre a salvo. Les hizo un breve saludo con la mano y desapareció entre las sombras. Cerca de allí, Cassandra West bajó su cámara con una sonrisa triunfal. Tenía la primicia del siglo.

​Capítulo 9: En el Ojo de la Tormenta
​Ethan colapsó en su cama tras entrar por la ventana. Sus heridas comenzaban a cerrarse solas gracias a la regeneración acelerada.

—Lo logré, Steban... la salvé —susurró antes de quedar profundamente dormido.
​Mientras tanto, en un tejado lejano, Flyman se arrancaba los restos de su equipo dañado.

—Nada mal, chico... —siseó con odio—. Pero espera al segundo asalto.

​En el centro de comando de la AACS, el ambiente era gélido. KC, el estratega jefe, escuchaba el informe de sus subordinados.
—El intruso absorbió la energía del Aguijón. Reaccionó igual que Red Hawk —dijo el guardia.
​KC se levantó, con una mirada que prometía tormenta.

—Ese sujeto es una anomalía. No podemos correr riesgos. Rástreenlo, monitoreen cada rincón de la ciudad. Quiero saber quién es antes de que se convierta en un problema mayor.
—¡Señor, sí, señor! —respondieron los oficiales al unísono.
​La cacería había comenzado.

Continuara...
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